Carlos Montero, guionista y escritor. B. P.

Cita en la sede de su productora, un piso de esquina con techos altos y profusión de balcones en el cogollito de Malasaña en el que podrían vivir los más pijos de sus personajes. “Siempre quise un sitio para escribir, y ahora que puedo, me he dado el capricho”, se disculpa sin disculparse cuando se le insinúa que le ha debido de costar una pasta. La falsa modestia no parece una de las virtudes que le adornan. La soberbia, tampoco uno de sus defectos. Pasar de último mono como guionista de Al salir de clase en el Telecinco de finales de los 90 a guionista productor ejecutivo de Élite para Neftlix ahora mismo tiene, además de la popularidad y el prestigio, esos efectos colaterales. Está como nunca.

¿A sus 47, no es ya mayorcito para escribir de adolescentes?

Creía que no, pero desde el momento en que me tratas de usted, puede que sí. La vida te va llevando. Igual que los actores se encasillan, la vida me ha encasillado en la adolescencia. Y yo me dejo, porque es una etapa jugosa: se están asomando al abismo de la vida, y eso da mucho juego en la ficción.

Se ve que no los tiene en casa.

Jaja. El vértigo y el miedo os lo dejo a los padres. Yo me libro de tratarlos.

¿Cómo los retrata sin verlos?

Tiro de mi adolescencia, porque no dejamos de ser adolescentes. Ha cambiado la tecnología, las redes sociales, la globalización. Pero los anhelos, las dudas y los miedos son los mismos.

¿O sea, que coge su propia edad del pavo y le añade ‘wifi’?

Mi adolescencia fue sosa, con Élite me estoy desquitando. Ya me hubiera gustado a mí tomar todas esas drogas y follar lo que follan, jaja. Cuando nos enamoramos, todos somos adolescentes. Yo no conozco el amor adulto. Mira María Teresa Campos: se enamora como una quinceañera, la dejan por Whastsapp… Si te atreves a vivir, a enamorarte, solo puede ser así.

Mente de ‘Élite’

Carlos Montero (Ourense, 47 años), cerebro de la serie de adolescentes pijos de Neftlix, debutó escribiendo guiones a destajo para Al salir de clase y Física o Química en los 90 del pasado siglo. Él ha crecido; sus personajes, no. Ahora graba ‘El desorden que dejas’, basada en su novela homónima, premio Primavera 2016, en la que los protagonistas son los profesores. Algo es algo.

¿Y no le dicen ‘ok, boomer’?

No, ni me han dicho pollavieja. Tampoco me dejo. Supongo que se ven reflejados porque no les trato con condescendencia. No moralizo. No les digo que las drogas están mal, o que el sexo sin condón está mal. Está mal, pero se hace. Y yo no lo juzgo, lo cuento.

¿Cómo los ve desde sus canas?

Con ternura. Son valientes, intrépidos, descarados, kamikazes. Pero también tiernos y vulnerables. Dan ganas de abrazarlos.

Bueno, los actores son más bien mileniales que adolescentes.

No tanto. En Física y Química acabaron siendo muy mayores, pero los de Élite son muy jóvenes. Te tienes que enamorar un poco de los actores. Desde la lejanía, para no mezclarte, pero al final, estás trabajando con personajes que son puro deseo. El público quiere desearlos, acostarse con ellos, tener una vida con ellos. Cuando elijo a actores desconocidos y, de repente, se convierten en famosos, yo también caigo en ese embrujo. Me convierto en fan. Es patético, pero me pasa.

En ‘Física y química’, el gay era el raro. En ‘Élite’, el raro es, casi, el hetero. ¿Qué ha pasado?

Veinte años y una revolución de las libertades. Qué bonito, ¿no?

¿Qué papel hemos jugado los ‘boomers’ en esa revolución?

Hemos ayudado a construirla. Los baby boomers llegamos muy pronto a la Movida, y muy tarde al 15-M. Pero que nos quiten lo bailao. Los de la Movida eran cinco, y nosotros hemos logrado que esos cinco sean cinco millones. Hemos socializado el disfrute de esa libertad.

Además de Carlos, ¿le llaman Peter Pan?

Todo el rato. Y aciertan, porque llevo vida de Peter Pan. Currando muchísimo, pero muy Peter Pan. Enamoradizo, con miedo al compromiso, ciclotímico. No voy a ligar nada con esta contraportada, pero estoy cambiando.

¿Usa aplicaciones para ligar?

Todas. Al final uno se mueve en entornos concretos y no es fácil salir de ellos. Uno no liga en el supermercado, eso es mentira. Entonces, un Grindr o un Tinder te abre un mundo de posibilidades inaccesible de otra forma.

Hay quien califica el uso de esos catálogos como consumismo, como una especie de Diógenes sexual y emocional.

Sí. Oigo esos argumentos y digo, tienen razón, se pierde mucho misterio. Pero es que a mí las aplicaciones me han facilitado mucho la vida y me han dado muchas alegrías. ¿Qué le voy a hacer?

Buen titular, ¿Tinder o Grindr?

Los dos, aunque Tinder más, hay que reconocerlo. El Grindr es más directo y específico: se va a lo que se va. En Tinder tienes la posibilidad de hablar, y yo siempre he ligado más hablando, la verdad.

Vivió con Amenábar y Mateo Gil. ¿Qué se fumaba en esa casa?

Jaja. Nos conocimos en la facultad y vivimos juntos como quince años. Ciencias de la Imagen era una carrera muy fácil y nos dejaba hacer cortos, vivir la noche. Yo no tenía tanto talento, sobre todo cuando me comparaba con ellos, pero tampoco me ha ido tan mal.

¿Se sentía como Salieri con Mozart?

Sí, yo era el Salieri de esa casa. Dios mío, otro titular. Pero sí, así lo sentía porque el talento de ellos era muy abrumador y evidente.

¿Cómo se mide el talento?

Ellos empezaron a hacer muy pronto cosas muy chulas. Yo tardé más. Por eso, por ejemplo, por la precocidad.

¿Por la pasta también?

También, y yo aún estoy atrás.

 




Fuente: El Pais

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