Tiene una capacidad de adicción que sobrevive al tiempo y a las modas. Hablo del cine negro y de la novela negra. Será porque siempre van ganando las tinieblas, porque la luz es demasiado transparente. Mi primer contacto en papel con los detectives no les remitía a la negrura. Sherlock Holmes, Hercules Poirot, el comisario Maigret eran excéntricos, fascinantes o muy humano el último, pero no estrictamente oscuros, a pesar del enganche de Holmes a la cocaína cuando se aburría mortalmente, cuando no tenía ningún misterio que desentrañar. Accedo a la turbiedad, a la oscuridad con El halcón maltés, en Alianza editorial, con aquellas portadas impagables de Daniel Gil.


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El escritor Raymond Chandler, en una playa. George Platt Lynes Getty Images

Y creo que me engaña la memoria, o no, al asociar con la novela una de las frases con las que culmina la intriga: “El halcón era de plomo, del material con el que se forman los sueños”. Es demasiado lirica para el estilo de Dashiell Hammett. Seguro que se le ocurrió a John Huston al escribir el guión de su primera obra maestra. Hammett era descriptivo y sobrio, complejo y tenso, sugerente y duro, pero nunca se lo montó de poeta. Sí lo era Raymond Chandler. Y de los grandes. Tambien creador de diálogos tan cáusticos como memorables, de ambientes aromáticos, de personajes singulares. La acción en sus novelas importa menos, incluso se embarulla. Da igual. Esta es su presentación de Philip Marlowe en El largo adiós. Me sigue emocionando: “Soy detective con licencia y llevo algún tiempo en este trabajo. Tengo algo de solitario, no me he casado, no soy joven y carezco de dinero. Me gusta el alcohol, las mujeres, el ajedrez y algunas cosas más. No me gustan los policías, pero hay un par de ellos con los que me llevo bien. No tengo padres ni hermanos y si acaban conmigo en una callejuela oscura, como le puede ocurrir a cualquiera en mi oficio, nadie tendrá la sensación de que a su vida le falta de pronto el suelo”. Y Chandler, roto definitivamente después de la muerte de su esposa, veinte años mayor que él, retornando con furia a su apaciguado alcoholismo, comete el imperdonable error de casar a Marlowe con una de sus antiguas amantes, de buscarle un refugio en Playback, una de sus novelas más débiles. Era más creíble lo de de “decir adiós siempre es morir un poco” o “nunca volví a ver a Peluca de plata”.

Vuelvo a los orígenes de la novela negra intentando consolarme con las últimas entregas de Michael Connelly y de John Connolly. La del primero se titula Noche sagrada y su protagonista es Harry Bosch, como casi siempre. A través de este policía cansado pero siempre abanderado de la mejor profesionalidad, he conocido todas las calles y las carreteras de entrada y de salida en Los Angeles. Nunca me ha enamorado, siendo tan humano, honesto, concienzudo y legal y desde hace tiempo me da mucha pereza introducirme en sus aventuras cotidianas. John Connolly me aterró y me sedujo enormemente en sus cuatro primeras novelas, Todo lo que muere, El poder de las tinieblas, Perfil asesino y El camino blanco. Su escritura era profunda y magnética, terroríficas sus intrigas, inolvidable esa atmósfera sombría, casi siempre ambientada en Maine, que recordaba a Lovecraft. Y Charlie Parker, ese detective enfrentado a un mal tan sobrenatural como humano, sobreviviendo a sus asesinadas esposa e hija, ayudado por una homosexual pareja de killers, el negro Louis y el chicano Angel, enfrentándose a seres diabólicos, se convertía en alguien tan legendario como trágico. Pero después todo suena a ya leído, ya visto, ya oído, ya sentido.


El escritor Dashiell Hammett, en una estación de tren en Hollywood.ampliar foto
El escritor Dashiell Hammett, en una estación de tren en Hollywood. John Springer Collection Corbis / GETTY IMAGES

Y nos quedan dos auténticamente grandes. Bueno, uno ya la ha palmado. Es el auténticamente grande Philip Kerr, ese escritor escocés que imaginó algo tan improbable como que en la Alemania hitleriana existiese un policía tan honrado como extraordinario, tan desencantado como profesional, dispuesto a llegar al final de la sordidez aunque se juegue la existencia. Es Bernie Gunther. Bendito sea en la eternidad. El otro es Dennis Lehane. Su muy sensual pareja de investigadores Kenzie y Gennaro sabíamos que iban a acabar casándose, pero las peligrosas historias que han compartido antes, y que prolongan, son apasionantes. De cualquier forma, lo mejor que ha escrito nunca el casi siempre magnifico Lehane es una larga e hipnótica obra maestra titulada Cualquier otro día. Y cómo no, cada vez que piso esa actualmente indeseable Barcelona, me tomo unos orujos blancos mientras brindo por el cada vez más desolado, difunto desde hace mucho tiempo, inolvidable Pepe Carvalho. Estaba a la altura estética y moral de los anteriores.




Fuente: El Pais

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