Hay una calle en el centro de Madrid de gran actualidad. Es la calle de los Relatores, entre Atocha y la plaza Tirso de Molina. Ni muy ancha, ni muy larga, ni muy estrecha, Relatores es una calle de viejo sabor popular dedicada a un oficio que esta semana se ha llevado al Gobierno por delante. Muy cerca hay una estación de metro y una sede, con letrero en rojo y negro, de la eterna CNT.

Relatores contiene una magnífica síntesis de los dos grandes acontecimientos del momento en una España que oscila entre el vértigo y la chirigota. En esa calle se cruzan la crisis gubernamental y el juicio del siglo.





La palabra “relator”, lo recordamos bien, provocó a finales de la semana pasada la mar erizada en la que se ha ahogado la mayoría de mayo. Una tormenta que Felipe González aceleró en el momento adecuado. También hay que tener talento para los derribos. El Gobierno quería asegurarse la aprobación de los presupuestos con un acuerdo metodológico con los independentistas catalanes: una comisión de partidos para discutir sobre el futuro de Catalunya, con un relator externo. La palabra le estalló en las manos a la vicepresidenta Carmen Calvo, con efectos conocidos por todos. La crisis del relator puede acabar convirtiendo a la izquierda española en una realidad subalterna durante un largo periodo de tiempo.

Una crisis del siglo XIX con furores del siglo XXI. Antes disciplinaban los guardias y las baterías de artillería; ahora, cuando escasean las fábricas, la CNT es un local desvencijado, en la escuela ya no hay bata y el ejército carece de leva, la disciplina social viene inducida por las periódicas tormentas mediáticas.

La calle Relatores media entre Atocha y Tirso de Molina y rememora un viejo oficio judicial. Los relatores de los tribunales se encargaban de mantener al tanto a los jueces de los procesos y trámites pendientes. Se hacían cargo de los expedientes y garantizaban su custodia. Avisaban. Un buen relator habría advertido a los magistrados de la Sala Segunda del Tribunal Supremo de que el inicio del juicio a los dirigentes catalanes presos iba a coincidir con la votación parlamentaria de los presupuestos generales del Estado. Ante tal advertencia y según el criterio tantas veces reiterado por los exégetas de la independencia judicial de que las togas no deben mancharse con el polvo del camino –con el polvo de la política, para ser más claros–, quizás sus señorías habrían aplazado un día el inicio de un juicio que ya llegaba con retraso, por cuestiones de procedimiento. Pequeños detalles con importancia.





En una pensión de la calle Relatores vivió Josep Pla durante una de sus estancias en Madrid. Así aparece consignado en la novela La forja de un rebelde, trilogía autobiográfica del escritor Arturo Barea. “Lerroux tiene en la calle Relatores, donde vive Pla, un círculo que le llaman los Jóvenes Bárbaros, y aquí es donde más se grita. Los mauristas vienen a la puerta a chillar y salen a palos. Luego Lerroux va al círculo y dice que hay que capar a los curas y preñar a las monjas. La gente se calienta con estos discursos y se va en manifestaciones a la Puerta del Sol. Nunca llegan allí. En la calle de Carretas les esperan los guardias y a sablazo limpio los disuelven”, escribe Barea, con irónica precisión.

Todo es relato.








Fuente: LA Vanguardia

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