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Calamaro, amor en tiempos de ibuprofeno


“La música es tiempo y es aire. Llamarla vibración me parece demasiado frío”, decía ayer Andrés Calamaro mientras reverberaban en las paredes de la habitación las últimas notas de “Cargar la suerte”, el nuevo disco del argentino, que saldrá próximamente, pero que presentó con algunos medios en Madrid, su segunda casa. “Yo tengo esa costumbre de escuchar discos, incluso de mirar fijamente mientras oigo a los altavoces, como si fueran una TV. Tengo ese tipo de costumbres”, reconocía el rockero, que ha perdido a cambio otras costumbres, de eso no hay duda. Vestido de riguroso negro y con bastante frescura mental, fue pasando de asunto en asunto con la excusa del “misterio de la música” y de la presentación de un álbum inesperado en nueva compañía discográfica, Universal, y escrito junto a Gustavo Borner y Germán Wiedemar. Después de “Romaphonic Sessions” y “Volumen 11”, este álbum supone una vuelta del argentino al rock de guitarras.

Por ejemplo, el título del álbum, que es una expresión del ámbito taurino, nos llevó a potros lugares. Cargar la suerte es algo más que arrimarse al toro, es poner la pierna, ofrecerla en suerte. “Pero eso es algo que ya nadie hace. Tan en desuso está que ahora en las enciclopedias taurinas se aceptan dos usos de esa expresión. La buena, la antigua, y lo que se hace ahora”, comentó el artista, reconocido aficionado a la tauromaquia. “Una cosa es pasarse el toro por delante y otra diferente es torear”, remachó citando palabras de Morante. Con conocimiento de causa, el argentino habló de los verdaderos taurinos que “guardan las esencias” y que todavía esperan ver una pierna delante de los astados, un pie atornillado a la arena. “Pero ya está perdido. Y es me gusta, porque les oyes hablar como si los viejos taurinos fueran víctimas de una conspiración, como si los toreros ya no valieran y como si los empresarios eligieran a esos animalitos mansitos a propósito… En Madrid fueron desafortunados que la única faena buena fuera el último todo de la última de otoño, con Diego Urdiales. Pero bueno, es algo”, bromeaba.

El álbum, compuesto de 12 canciones incluye una del género predilecto, las amistades del cantante. “My Mafia” habla de “mis amigos delincuentes, unos maestros del delito a los que reconozco su tenacidad y sus huevos de acero”. “Son legendarios y anónimos. Y se adaptan, porque le crimen está ligado a los vaivenes socioeconómicos: por ejemplo, si hay muchos Mercedes, se roban. Pero si no, ¿quién va a querer robar un Fiat? Se hace otra cosa. Y Argentina es el país en el que estas condiciones son más cambiantes -reflexionó-. Sin embargo, en Argentina existe una delincuencia social compuesta por menores de edad que fuman base y que están todo el dia puestos y que incluso pueden alquilar una pistola para disparar a lo que sea. Porque les da igual completamente. Son un lumpen que no tiene posibilidades de trabajar y que no les asusta la cárcel porque, ¿qué más da? Son adictos y forman una clase social que no es que perdiera el techo, es que perdió el piso”, explicó. “En cambio, si digo en España ”chorizos”, ¿en qué piensan? ¡En políticos! Es increíble”, dijo. “Los delincuentes tienen que ser por definición anónimos. Bueno, hasta que Netflix te hace una serie y ya todos lo saben”, rió Calamaro, que enlazó esta canción con otra: en “Las rimas”, una canción cantada con fraseo de hip hop, Calamaro alude al “amor en tiempos de ibuprofeno. Tendría que haberla titulado ”Amor en los tiempos de Netflix””.

Hablando de drogas, comentó su afición por estudiar y ver sobre la II Guerra Mundial. “Me habría gustado hacer para este disco una canción sobre el consumo de drogas en el ejército nazi. Leí que los soldados consumían metanfetamina, la misma que ”Breaking Bad”, y claro, por eso pudieron hacer la Guerra Relámpago, sin miedo y sin descanso y sin dormir… espero poder escribirla algún día. Pero bueno, por ahora, ahí lo dejo”.




Fuente: La razon

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