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Björk y Amaia disfrutan el Primavera


En una ciudad con 18 escenarios, ni alguien como Björk puede lograr la unanimidad total. La islandesa salió puntual en el punto más septentrional de esta ciudad de la música que es el Primavera y lo hizo ante unos entregados 30.000 incondicionales que no se quisieron perder la excentricidad emocional de la ex Sugarcubes. Con un repaso exhaustivo a los temas de su último trabajo, la cantante surgió como una hada que flota sobre el bosque, con gigantes proyecciones que evidenciaron su rendición y amor por los principios que rigen la naturaleza.

Ataviada con un atuendo floral, iba bien acompañada por una orquesta de vientos que parecían rendirle cuentas como la diosa del bosque. Su electrónica atmosférica se te calaba en los huesos, como si de un día de lluvia se tratase, y el público, extraño en los festivales, permanecía en silencio. «Gracias», se limitaba a gritar después de cada tema, mientras la narrativa del concierto iba ganando en furia y calor. Cuando rescató «Isobel», uno de sus éxitos de su época de esplendor no había nadie que se arrepintiese de estar en cualquier otro sitio.

La hora y media de concierto paso como un suspiro, como uno de esos cuentos que se narran a los niños y los transporta a lugares mágicos. ¿Pudo rescatar más éxitos de su calado? Por supuesto, pero tampoco se les echaba de menos, el relato emocional invocado por la islandesa los hubiese convertido en retóricos. Eso sí, cuando cantó «Human behavior» la gente se volvió loca.

Empezaba a hacer frío, y todavía quedaban pesos pesados como Nick Cave, pero la primera jornada del Primavera Sound ya había proporcionado mucha emociones, del flamenco al free jazz, del indie rock al cabaret y sí, también con una jugosa parada en Operación Triunfo.

¿Cómo se rompen moldes? Haciendo que cualquier discurso clasista se venga abajo. Amaia entró en el Primavera Sound por la puerta de atrás y se fue por la puerta que le dio la gana, pues le hicieron la ola. Había dicho por la tarde que «hay que romper estereotipos» y que no había ninguna razón real para que «alguien salido de un talent show» no pudiese ir al Primavera. Y luego lo demostró.

Amaia supo hacer suyo un repertorio tan hetereogéneo como muy suyo, pasando de la canción española a clásicos indie o los mismísimos Beatles, palabras mayores. Sentada en su piano, apareció sola con un standard bluesistico. «Bueno, es mi primer concierto y no sé bien qué hacer. Bueno, yo canto y ya está», dijo y no tuvo que decir más, el público indie se rindió a sus pies. Luego apareció la Free Fall Band, cogió su guitarra, y se puso intensa y divertida para demostrar que en el año de la heterogénea, sí tenía su hueco en el Primavera.

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Y si ahora nos ponemos flamencos, con jaleo, quejío y cachondeíto. Así arrancó ayer el festival, con el clasicismo de roca del Capullo de Jeréz gritando: “¡viva la música, caramba!”. Con formación académica, cajón, guitarra y palmero, el cantaor hizo un viaje por el corazón de los palos flamencos y consiguió que la anécdota se convirtiese en categoría. Oír a dos daneses y un chino gritar ¡oule! no tiene precio. Capullo de Jeréz es el cantaor de lo concreto, de esas historias de bar y sabiduría popular, y eso hace de su cante algo próximo y conmovedor. No necesita a Lorca para ser el más poético de todos. “El hombre sin la mujer no es nada, aaaii, porque la mujer es la que manda”, gritó en soniquete y las palmas del público del Auditori se oyeron hasta en la casa del hombre sin manos y sin mujer, que volvió a creer en los milagros y que siempre se burlaban de él. Empezar con gol por la escuadra siempre da mucha moral.

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Pero no sólo de flamenco vive el hombre y la primera jornada grande del Primavera lo dejó claro, de la psicodelia wah wah de The Zephyr Bones, al rock histérico de Ezra Furman. No existe el rock histérico, por supuesto, esto de las etiquetas está cada vez más difícil, pero sí existe un histérico haciendo rock, así que… ¡¡¡¡Qué!!!! Nada señor Ezra Furman, que es usted un fenómeno, divertido, exagerado y megalomaníaco, como el hermano demente de Mika. Un buen concierto, en definitiva.

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Y si nos ponemos ahora jazzeros, con gafas de sol, libertad, ritmo y reclamando formar parte de la leyenda. El Primavera volvió a cambiar de registro con Art Esemble of Chicago, emblema del free jazz de los 60. El Auditori se llenó como en las grandes ocasiones, pero también se vació con rapidez. Una pena, porque lo que al principio parece música para atrapar moscas, un desordenado mareo instrumental, pronto va dejando las bases de un lenguaje propio que inmiscuya y acaba por hacerte partícipe, como uno de esos violentos ritos de iniciación en el que el joven se gana el derecho de formar parte de la tribu. Así acabaron las mil personas que se quedaron hasta el final, salvajes y realizados, en una experiencia formativa de impacto. Los Art Ensemble of Chicago siguen siendo sumos sacerdotes.

Volver desde allí al rock cabaretero con tintes electro de Sparks, todos vestidos con elegantísimos trajes rosas y peluquines negros, parecía que hubieses sufrido una regresión temporal a una función escolar donde lo que toca es ser condescendiente y aplaudir. Morir por comparación es lo más triste que hay. Mejor estuvieron Twilight Sad y su indie pop emocional. No hay nada que exorcice mejor los demonios que llorar un poco al atardecer.

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Todavía mejor estuvieron las californianas Warpaint, que hicieron toda una demostración de delicadeza incluso con un acomple de sonido que hizo que por un segundo aquello fuera Vietnam. Su rock lleno de sutileza demostró que las guitarras agitan más por dentro que por fuera. Su menos es más convierte cada punteo en un abrazo que invita a seguir adelante, pase lo que pase.

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Y entonces apareció Kelela, diosa de blanco que convirtió su R&B hipnótico en una maravilla de la sutileza y arquitectura de abracadabra.

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Fuente: La razon

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