Dicen que en Parma, aquel día, hacía frío. Al fin y al cabo, cuando el árbitro pitó el comienzo de las hostilidades, el reloj marcaba las 9.30 de la mañana. Las tensiones personales, además, contribuían al clima glaciar. Faltaba casi una semana para la primavera, pero el partido intentaba adelantar al menos el deshielo entre dos amigos. O eso esperaba Laura Betti, madre de la idea: tal vez el fútbol recalentaría la relación de esos dos genios. Ya los había reunido la geografía: rodaban a escasos kilómetros, en el norte de Italia. Ella misma representaba otro enlace: era amiga de uno y actuaba en el filme del otro. Así que les propuso enfrentarse, con miembros de los equipos de sus películas, en el parque de la Ciudadela. La producción, compartida entre los dos filmes, entregaría al final una copa al triunfador.

Convencerles no fue difícil. Pier Paolo Pasolini adoraba el fútbol y abrazaba cualquier pretexto para “un partidillo”, como solía llamarlos. Y Bernardo Bertolucci entrevió la ocasión para una revancha sobre su mentor, con el que estaba resentido por una crítica cinematográfica. Finalmente, aquel 16 de marzo de 1975, se plantaron uno frente al otro, o casi: Pasolini, a sus 53 años, lideraba el once de Saló o los 120 días de Sodoma; Bertolucci, en cambio, hizo de entrenador de los de Novecento. Cumplía ese día 34 años y los suyos le regalaron una victoria abultada: 5-2. Aunque, al parecer, el cineasta anduvo diciendo que ganaron 15-12. Otra más de las exageraciones y leyendas que rodean un partido memorable, como muestra el documental Centoventi contro Novecento, que recorre estos días festivales de Italia. Sus autores preparan una versión internacional, para viajar a más certámenes y plataformas online.


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Pier Paolo Pasolini y Laura Betti, junto con varios protagonistas del partido. El primero por la derecha, según algunos testimonios de los presentes que los autores del filme no han podido confirmar, es Carlo Ancelotti. Archivio Cinemazero Images – Pordenone Deborah Beer

“Quería contar, de forma ligera, su relación y también una época del país. Eran los años de plomo, del terrorismo. En los periódicos, la breve noticia del partido salió rodeada de boletines de guerra”, relata el director, Alessandro Scillitani. El creador mezcla imágenes de archivo y los testimonios de los protagonistas con auténticas joyas. Si ninguna mujer fue reclutada para jugar el partido, dos se encargaron de inmortalizarlo: Clare Peploe, directora, guionista y esposa de Bertolucci, lo filmó en Super-8. Y Deborah Beer, fotógrafa de Saló, lo retrató con su cámara. Con este material, Scillitani desmiente otro mito: se dijo que Pasolini se marchó enfurecido tras la derrota. Sin embargo, ahí está, celebrando con una tarta a su antiguo discípulo.

Porque, en el fondo, él introdujo a Bertolucci en el cine. Amigo de su padre, el poeta Attilio, Pasolini animó primero al joven Bernardo a escribir. El chico lo intentó, compuso poemas e incluso le dedicó uno a su maestro. Pero, cuando el cineasta le ofreció, en 1961, ayudarle en la dirección de Accattone, Bertolucci descubrió su destino. Aunque el mismo tipo que le allanó el camino hacia el séptimo arte se interpuso como un obstáculo años después. En 1972, Pasolini calificó de horrible Último tango en París, en Il Corriere della Sera. Y, cuando la película fue censurada, la defendió a medias: reiteró que era “mala”, pero no por eso merecía ser prohibida.

Pier Paolo Pasolini, en un campo de fútbol en Roma en los setenta.
Pier Paolo Pasolini, en un campo de fútbol en Roma en los setenta.

Ricos y proletarios

De ahí que Bertolucci llegara al partido molesto. Un abismo separaba también a las dos películas. En Saló o los 120 días de Sodoma, Pasolini filmaba el terror de la tortura y la crueldad humana. Novecento, al revés, abanderaba la utopía y la emancipación. “Un filme de proletarios y uno de ricos con sombreros”, lo resume uno de los que ahí estuvieron. Como prueba ulterior, en la cena tras el partido, el ganador invitó a los derrotados a una ronda de Dom Perignon.

La brecha se reflejó también en las camisetas: las de Saló copiaban las sencillas rayas rojas y azules del Bolonia, el club que amaba Pasolini. Las de Novecento, diseñadas por la responsable de vestuario, Gitte Magrini, lucían el nombre del filme sobre un fondo morado. E iban acompañadas de medias con los colores del arcoíris. “Para distraer a los rivales”, confiesa uno de los entrevistados.

Pasolini (centro), jugando al fútbol en Roma en una imagen sin datar.
Pasolini (centro), jugando al fútbol en Roma en una imagen sin datar. Federico Garolla

No fue la única estratagema de Bertolucci y los suyos. Tras observar el entrenamiento de sus adversarios, concluyeron que les esperaba una masacre. Y así pareció al principio: dos acciones empezadas por Pasolini, y 2-0. Y eso que el filme refleja discrepancias sobre el talento del cineasta: no queda claro si jugaba en la banda izquierda o derecha, si se le daba bien regatear o solo correr. Scillitani dice que todos le reconocen, por lo menos, “garra”. Aunque le perseguía una fama demoledora: por lo visto, nunca marcó un gol.

Aun así, ese día, ayudó a los suyos a adelantarse. Hasta que una dura entrada le dejó fuera de juego. El filme alimenta la sospecha de que el otro equipo planeara lesionarlo. Y, desde luego, sí fue voluntaria otra irregularidad que Scillitani ha podido confirmar: en los días previos, Bertolucci justo fichó para su filme a dos nuevos y jóvenes atrecistas. Pero su estructura física los delataba: eran futbolistas, del filial del Parma. La memoria de algún protagonista y una foto apuntan más allá: insinúan que uno de ellos era Carlo Ancelotti. Lo cierto es que el exentrenador del Real Madrid despuntaba entonces como talento de la cantera del equipo local.

Con estas armas secretas —y un penalti que aún divide a los protagonistas—, Novecento logró el empate. Y terminó arrollando a sus rivales. “Fue una de las peores cosas que le pasaron a Pier Paolo. Nunca hablaba de ello”, dice uno de sus colaboradores. Aun así, al final los dos amigos se abrazaron. Por desgracia, como recuerda La Repubblica, apenas duró meses. El 6 de noviembre, volvieron a separarse. Esta vez, de por medio, había un ataúd de madera. Fuera, Bertolucci lloraba junto con media Italia. Dentro, Pasolini ya dormía para siempre.

Bautizos, machismo, literatura y la Ciudad Eterna

Uno habla de todo: machismo, crítica literaria, política, duelos o bautizos. El otro se centra en un tema, aunque no por eso es menos inabarcable: no por nada, a Roma la llaman la Ciudad Eterna. En los últimos días, dos libros traen a España material inédito en castellano (y casi olvidado en italiano) de Pier Paolo Pasolini.

Las bellas banderas es la primera de tres obras con las que Ediciones El Salmón rescatará el consultorio del escritor: en los sesenta, en los diarios Vie Nuove e Il Tempo, Pasolini contestaba a preguntas, halagos y críticas que le enviaban los lectores. “Busca el diálogo como herramienta didáctica y de comunicación. También nos interesaba su mensaje como uno de los últimos herejes. Profetizó décadas antes la destrucción del planeta por parte del sistema capitalista”, asegura Salvador Cobo, uno de los editores y traductor de la obra.

En La ciudad de Dios, en cambio, Altamarea reúne cuentos, artículos y reflexiones de Pasolini sobre Roma, la urbe que cambió su vida en los cincuenta. “Le impactó tremendamente”, reconoce Graziella Chiarcossi, prima del escritor y encargada de su legado. “En estos textos también está el germen de Chavales del arroyo”, agrega.




Fuente: El Pais

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