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“Bernarda Alba”, un reto difícil en La Zarzuela


“La casa de Bernarda Alba” de M.Ortega y J.Ramos. Nancy Fabiola Herrera, Carmen Romeu, Luis Cansino, Carol García, Marifé Nogales, Belén Elvira, Berna Perles, Milagros Martín, Julieta Serrano, etc. Rubén Fernández Aguirre, piano y asistente dirección. Miquel Ortega, dirección musical. Bárbara LLuc, dirección escénica. Ezio Frigerio, escenografía. Franca Squarciapino, vestuario. Orquesta de la Comunidad de Madrid y Coro Titular del Teatro de la Zarzuela. Teatro de la Zarzuela. Madrid, 10 de noviembre de 2018.

El Teatro de la Zarzuela se lanza a la piscina con una ópera y además “casi” nueva, la primera escrita en español sobre la tragedia de García Lorca quien, por cierto, actuó en este teatro en una obra de Valle Inclán. Escribo “casi” porque la partitura se estrenó en el rumano Teatro Brasov en 2007 y más tarde se vio tanto en Santander como Peralada en 2009. Su autor, Mikel Ortega, llevaba componiéndola desde 1991 y en ese largo periodo de tiempo murió el libretista Julio Ramos. Ha contado Ortega que reivindica el arraigo de la tonalidad para evitar la muerte de la ópera y el distanciamiento con el público. Habría mucho que hablar al respecto, porque la ópera, lo que hasta hace 40 años considerábamos ópera, está más muerta que viva aunque, gracias a Dios, han nacido otros espectáculos con la misma función social y artística que un día cumpliera la ópera.

La obra de Lorca me ha fascinado tanto como para ser productor asociado en la película de Mario Camus aunque, por cierto, un desalmado aún no me haya pasado sus ganancias. No pude estar en las funciones de Ortega, pero sí en el estreno de Aribert Reimann en Munich (2000) sobre el mismo título. Sus reflexiones me parecieron intachables: “es necesario poner en relación directa a la orquesta con todo lo que sucede. La instrumentación no puede ser simplemente una base para las situaciones. Utilizo tres campos sonoros diferentes para intentar sacar a la superficie lo que subyace en las personas, en el cerrado espacio de esta casa, de la que no hay huida posible. No he podido utilizar una instrumentación normal ante el riesgo de perder la expresividad necesaria. De ahí que me sirva de cuatro pianos, que proporcionan la base más árida del aparato orquestal mientras prescindo de percusión y contrabajos”. La única cuerda la constituían doce violonchelos, que caracterizaban el mundo cerrado de la abuela. Las sonoridades agresivas provinieron del grupo de metales y la madera. Cuando en penumbra total, tras algo más de dos horas sin pausa, unas mortecinas notas de los pianos pusieron término a la misma, la audiencia permaneció callada, sin respiración. Entonces el público explotó en una gran ovación. Fue como si obedeciese las últimas palabras de Bernarda Alba: “Silencio”.

Ortega ha visto el mismo problema, pero lo intenta solucionar de otra forma. De la partitura sinfónica pasó a la de cámara, con sólo 14 instrumentos, que sirve para dibujar la acción, con una música predominantemente tonal, con influencias veristas y de nuestro canto popular, a veces al borde de la atonalidad. El problema surge en la escritura vocal. Allá donde Reimann acudía al simple “parlato”, Ortega recurre al canto, con escritura en ocasiones tan aguda que induce al grito, y es muy difícil mezclar el lirismo de Adela –una soprano lírica- con el angustioso dramatismo de Martirio –una mezzo aguda- el medio recitado algo pucciniano de Bernarda –una mezzo central- o el coro, moviéndose entre el grito y la salmodia. Curioso que ambos compositores recurran a sendas actrices para que, hablando, encarnen a María Josefa (Inge Keller/Julieta Serrano). También que Ortega asigne a un barítono muy central la parte de Poncia. Luis Cansino, muy cómodo en la tesitura, y Julieta Serrano arrancan las mayores ovaciones. El resultado es que buena parte de la angustiosa presión desaparece a causa del canto a pesar de que el equipo funcione vocal y escénicamente muy cohesionado y Bárbara Lluc exhiba talento en la escena.




Fuente: La razon

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