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Basta con soñar lo que debes, por Margarita Puig


De pequeña quería ser acróbata. Pero era nadadora. En los días buenos soñaba que despegaba del suelo en saltos limpios tanto hacia delante como hacia atrás, y siempre muy arriba (me he acordado hoy que, ¡todavía no doy crédito!, he coincidido con Bob Beamon en el ascensor) para avanzar sobre el mundo con grandes brazadas. Los días malos, si es que conseguía concebir el sueño tras la presión de entrenamientos y los deberes excesivos, también soñaba. Pero entonces me veía dentro de una vieja piscina, descolorida y gastada. Siempre la misma, siempre el mismo ejercicio y siempre con la misma entrenadora, una holandesa de voz atrapada que causó sensación en la época por su afición a llevarse los Gitanes y la botella de Anís del Mono allá donde fuera.

Cuando en mi sueño las cosas se torcían del todo, ella, la holandesa (una pionera de la historia no laureada de la sincronizada española), dejaba el alcohol y el tabaco para adelantarse hasta el borde mismo del agua y sellar la piscina con una enorme tapa de plástico. Encajándola suavemente como si se tratara de una descomunal fiambrera donde sólo yo quedaba atrapada. Todo se volvía de un blanco brillante y enfermizo. Me había quedado sin aire.

Los campeones de apnea, los que pueden descender más de 100 metros sin botellas de oxígeno, son expertos en esa afición a poner cuerpo y mente a prueba. Su corazón puede bajar a 12 pulsaciones, y su diafragma se contrae de forma involuntaria bombeando sangre al cerebro. Su capacidad pulmonar puede llegar a comprimirse hasta un litro cuando para un adulto normal es de cinco… Y dicen que entonces, en ese estado de hipercapnia (cuando hay más dióxido de carbono que oxígeno en sangre), sienten una felicidad extrema. Nunca he conseguido entender de lo que hablan. Ni siquiera el día en que en la vida (y en la piscina) real tuvieron que rescatarme del fondo al grito de “le ha cogido una pájara”. Mi narcolepsia submarina sólo me sirvió para decidir que dejaba aquella tortura para siempre. Y para no caer en la tentación de acudir a uno de los primeros y más sonados castings que el Cirque du Solei hacía entonces entre atletas. Acerté. A mi me habrían rechazado de plano: aunque era muy al comienzo de su boom sin precedentes, los olímpicos hacían cola para entrar en su elenco.

Desde entonces no he vuelto a soñar con lo de la piscina venida a táper… Ahora sencillamente puedo respirar bajo el agua y sigo volando en mis sueños. No sé si tendrá algo que ver el hecho de que en el circo del sol, además de gimnastas, contorsionistas y nadadoras capaces de retorcerse en apnea dentro de cubas portátiles, ahora interesa contar historias. Y también el fútbol. Eso sí, por el momento, sólo el de Messi, que de pequeño soñaba lo que debía. Que sería un enorme futbolista.




Fuente: LA Vanguardia

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