Las playas de Barcelona reciben, aproximadamente, 4 millones de usuarios cada temporada entre mayo y septiembre –según datos del propio Ayuntamiento–, 10,5 millones si extendemos el cálculo a las de toda el Área Metropolitana. Desde que la ciudad se abrió al mar con los Juegos Olímpicos de 1992, , los barceloneses han sido los primeros en poder disfrutar de su litoral. Además, la arena de las playas de la capital catalana forma parte indisoluble de la marca Barcelona y de su éxito turístico.

El impacto que tendría la desaparición de la arena a causa de los temporales y de la subida del nivel del mar sería devastador, aunque tal hipótesis se plantee en un horizonte a medio o largo plazo como el año 2100.






La arena que se lleva el mar no se repone con los sedimentos de los ríos, que se quedan en las presas

Según Ricard Santomà, decano de la facultad de Turismo y dirección hotelera Sant Ignasi, “Barcelona recibe un 55% de turismo de ocio y un 45% de negocios”. En total, “unos 25 millones de visitantes anuales, de los cuales entre 8 y 9 millones pernoctan en la ciudad, y para los cuales las playas son un aliciente para elegir Barcelona como destino”.

Sin duda la pérdida de las playas sería un golpe, pero también es cierto que “tampoco sabemos dónde, por qué y cómo estaremos viajando en el 2100”, añade Santomà. “Probablemente las playas del norte de Europa gozarán de un clima más templado, pero también más lluvioso. Y el turista de sol y playa busca las dos cosas”.


El mismo problema también afecta al frente litoral del Maresme y del Baix Llobregat

Y la realidad es que, con los modelos que manejan y las observaciones que hacen actualmente los investigadores, y si nada cambia en los próximos años –tanto en la gestión del litoral como en las medidas para detener el cambio climático–, el siglo XXII puede empezar dejando a Barcelona sin playas, y con el nivel mar en el paseo marítimo.

Ese sería el peor escenario posible, una crecida del nivel del mar de aproximadamente un metro por culpa del calentamiento global, que comportaría un desplazamiento de la línea de costa que se tragaría las playas de la ciudad. El problema es que “el peor escenario también es el más probable, porque no se está haciendo nada para revertir la situación. Al contrario, cada vez vamos a peor”, asegura Jordi Salat oceanógrafo del Institut de Ciències del Mar- CSIC de Barcelona (ICM).






Dentro de un siglo el nivel del mar podría ascender un metro y los actuales arenales quedarían inundados

Pero los efectos del cambio climático se superponen, en el caso de Barcelona, a otro problema mayor y más antiguo. “Las playas –excepto la de la Barceloneta– son artificiales, creadas por la acción del hombre y las obras públicas”, explica Jorge Guillén, investigador del ICM. De hecho, “si se observa una foto aérea de Barcelona de los años 1950, se puede ver que las playas son mucho más pequeñas o que no existían”, apunta Salat. “Sin cambio climático, también acabaríamos sin playas. El aumento del nivel del mar, lo único que hace es empeorar la situación”, asegura Gonzalo Simarro, científico del ICM.

Según todos los expertos consultados, el problema es que no les llegan suficientes sedimentos fluviales para compensar los que se pierden de forma natural por la erosión. “Hemos modificado el sistema litoral, con la regulación de las cuencas hidrográficas”, explica Guillén. “La intervención en los ríos, con la construcción de presas, ha hecho que los sedimentos no lleguen al mar y por tanto tampoco a las playas, y se produzca un balance negativo”, añade Simarro.


En el último plan de estabilización de las playas del frente marítimo de Barcelona, que concluyó a finales del 2011, se aportaron más de 700.000 m3de arena






Lo que el mar te da, el mar te lo quita, y si el espigón del puerto de Barcelona creó playas donde no las había, la erosión y el cambio climático las destruyen.

“En un cálculo grosso modo, pues también influyen otros factores como el perfil de la playa, cada metro de subida del nivel del mar representa entre 20 y 50 metros menos de playa”, dice Simarro.

De este modo, los cálculos dicen que en el 2035, con una subida del nivel del mar de 30 centímetros, la pérdida será de 10 metros. En el 2050, con el mar 40 centímetros más alto, tendremos 20 metros de playa menos, y en el 2100 con aproximadamente 1 metro de crecida, el mar las habrá engullido.

Pero lo que el mar se lleva y no devuelve, puede ponerlo el hombre. “Tradicionalmente se han llevado a cabo dos tipos de actuaciones. Anualmente, el Ayuntamiento redistribuye la arena entre las playas. Y puntualmente hace regeneraciones, con arena que se extrae del fondo del mar”, explica Simarro.


Cuesta imaginarse una Barcelona sin playas, y sin que las administraciones y la industria turística haga lo indecible para evitar su desaparición

“El problema es que la arena es un bien escaso. No toda vale, ya que la marina es más redonda y más calcificada que la que se puede obtener de una cantera. Se han hecho pruebas con este tipo de arena, y cuando sopla viento se levanta mucho polvo”, dice Jorge Guillén. Además, hay que extraerla de las bocanas de los puertos, donde se acumula de forma natural, o de depósitos de los fondos marinos. “Pero en la costa de Barcelona no hay depósitos a profundidades asequibles, y hay que bajar hasta los 80 o 90 metros a buscarla, lo que encarece un proceso ya de por si muy caro”, añade este investigador.





En el último plan de estabilización de las playas del frente marítimo de Barcelona, que concluyó a finales del 2011, se aportaron más de 700.000 m3de arena.

Pero para Jordi Salat, esto no es sólo caro, sino que además “es inútil. Los mecanismos naturales siempre son más eficientes. Hay que tratar de limitar la artificialización al máximo”.

Algo similar pasa con las playas del Baix Llobregat. “Cuando se construyó el dique de Port Ginesta, como en esa zona el sedimento viaja en dirección sur, la playa de Castelldefels ganó en anchura. Cada año una draga sacaba arena de esta playa y la llevaba a la de El Prat. Pero ahora, con la desviación de la desembocadura del Llobregat se está generando una onda erosiva, que afecta a todas las playas de esta parte del litoral”, explica Simarro.


Los científicos se muestran convencidos de que, como mínimo, las playas se convertirán en un objeto de lujo

Y en el Maresme igual. La transformación de las marismas y rieras para adaptarlas a los usos agrícolas primero, la construcción –en el siglo XIX– de la línea ferroviaria entre Barcelona y Mataró sobre la playa, y ya en el siglo XX, la construcción de los puertos de Arenys, Premià de Mar, El Balís, El Masnou y Mataró, así como el desarrollo urbanístico y turístico sustrajeron a las playas de su reserva de espacio y sedimentos para mantener su dinamismo natural.





Precisamente, fueron las playas de esta comarca las primeras de todo el Estado en beneficiarse de una regeneración, en 1986. Desde entonces, han visto como se les vertían más de 15 millones de m3de arena.

Sin duda cuesta imaginarse una Barcelona sin playas, y sin que las administraciones y la industria turística haga lo indecible para evitar su desaparición.

“Nos encontramos en un escenario incierto por muchos factores. De aquí al 2100 se producirán revoluciones tecnológicas y cambios sociales que pueden hacer cambiar las proyecciones actuales respecto a la incidencia del cambio climático”, reflexiona Santomà.

Pero los científicos se muestran convencidos de que, como mínimo, las playas se convertirán en un objeto de lujo. “Cada año serán más caras de mantener y en el 2100 serán aún más caras. ¿Estaremos dispuestos a pagar los costes o compensará el hecho de hacerlo?”, se pregunta Guillén, para quien “aún hay tiempo, porque ahora mismo tenemos unas playas que no nos tocan”.

Por su parte, Gonzalo Simarro quiere pensar que “se analizará el problema y se plantearán reformas. Todo puede cambiar, y se puede, por ejemplo, mantener algunas playas a cambio de renunciar a otras”.

Pero lo que sí es seguro es que “Barcelona se tiene que reinventar y hacer cambios , porque más allá de que en el 2100 tenga o no tenga playas, ahora mismo tiene amenazas más cercanas a las que hacer frente”, dice Ricard Santomà.





“Sabemos lo que sucederá, por eso habría que definir proyectos a largo plazo. Un plan general de playas metropolitanas sobre el diseño y de los usos que le queremos dar al litoral”, concluye Guillén.

Eso y tomar conciencia de que es necesario seguir reduciendo las emisiones para luchar contra el cambio climático.




Fuente: LA Vanguardia

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