Es mediodía avanzado de un día entre semana en el parque de El Retiro. Suena de fondo Cielito lindo tocada al acordeón por un músico callejero junto a la biblioteca municipal Eugenio Trías. Corredores, ciclistas, mayores de paseo, turistas con maletas, madres con sus niños en los columpios, jardineros, vehículos de la Policía Municipal… y un puñado de vendedores de droga. La escena es cotidiana. Se ha convertido en normal. Lo saben casi todos los que frecuentan el lugar.

“He presenciado cómo pillan droga personas de toda edad, clase y condición. Desde abuelos de 65 ó 70 años a gente de chaqueta y corbata que parece que acaba de salir de la oficina”, cuenta Alejandro, un vecino del barrio de 44 años que asegura que va al parque casi a diario. “Algunos, compradores y vendedores, se saludan como si ya se conocieran”.

A menos de 200 metros de donde Alejandro detiene su bicicleta para hablar con el periodista tres hombres de raza negra hacen idas y venidas tranquilamente. Están en los alrededores de las puertas de Ibiza y Sáinz de Baranda, dos de las que dan acceso al parque desde la avenida de Menéndez Pelayo. Esta zona, entre la biblioteca pública y el pabellón Florida Retiro, es uno de los puntos fijos en los que el menudeo de droga es cotidiano desde hace años. Casi siempre se trata de hachís y marihuana.

Así es un día de trapicheo en El Retiro: “Tengo lo que quieras”

Hay otros tres puntos además del citado parque en los que también es fácil ver cómo se ofrece droga. Se trata del paseo de México, estos meses en obras, el entorno del monumento a Alfonso XII, detrás del estanque, y el túnel que da acceso al parque desde la calle Lagasca. Nada más acceder a El Retiro por este punto la oferta se hace efectiva. “¿Qué es lo que quieres? Tengo lo que quieras. Dame un rato y quedamos cerca de la Gran Vía”. El vendedor habla en inglés al confundir al interlocutor con un guiri. Tras varias preguntas, puede que más de las habituales, el inmigrante sospecha que puede estar ante un agente de policía de paisano. Pero finalmente accede a darle un nombre y su teléfono móvil.

La presencia de estos hombres supone un problema de imagen por los miles de personas que los ven a diario. Las autoridades lo reconocen, pero la cantidad de droga que se mueve es muy residual comparada con las grandes operaciones de incautación.

Los vendedores casi nunca llevan encima más que unos cuantos gramos y cuando la operación de venta puede tener cierta entidad tratan de alejarla del parque. En todo caso, los arbustos, las papeleras, las bocas de riego y algunas alcantarillas se convierten a veces en aliados para esconder la droga ante la presencia de los agentes.

Estos pasean por el lugar de forma permanente, como ha podido comprobar este reportero a lo largo de varios días. Los hay tanto de paisano de la Policía Nacional como uniformados de la Policía Municipal. Estos pertenecen a la Unidad Integral del Distrito de Retiro, a la Unidad del Escuadrón de Caballería y a la Unidad de Medio Ambiente, que a veces patrulla en bicicleta.

En El Retiro se puede comprar “droga con toda impunidad”, afirma el investigador Manuel Pérez Moreno, que para hacer su tesis doctoral adquirió por todo Madrid hachís a decenas de camellos y analizó esas muestras. “Mi experiencia es que en El Retiro resulta más sencillo de comprar que en otras zonas. No lo venden españoles, son todos extranjeros y por lo general lo suelen dejar escondido por los alrededores” para evitar que les intervengan una gran cantidad si son interceptados por la Policía. Este farmacéutico explica que “a veces hay disputas por controlar el mercado y hasta robos entre ellos mismos”.

El momento más delicado del menudeo no es tanto llamar la atención del comprador como el acto de la transacción. Llevar encima hachís o marihuana para consumo propio no está penado. Sí lo está el tráfico. “Para mí lo peor es el minuto de la espera a que volviera el vendedor y trajera el hachís de donde lo tiene escondido”, señala Pérez Moreno, que a pesar de haber analizado noventa muestras para su trabajo nunca se ha fumado un porro. En todo caso, los vendedores en El Retiro suelen ser los mismos y saben de qué forma actúan los agentes, tanto los que van de uniforme como los que van sin él. Hasta se conocen en algunos casos. Las detenciones y las grandes redadas no suelen ser muy habituales.

“Nunca he visto que les pidan la documentación o que les pregunten qué hacen ahí. La Policía Municipal pasa junto a ellos mientras están sentados en los bancos”, dice Alejandro, el vecino de la zona. Afirma que conoce a algunos de los que se ponen a vender de forma habitual junto a los columpios a los que va con sus hijos por la tarde. “Esta gente no es violenta salvo episodios aislados. Algunos días se pasan con los petas y el alcohol y se ponen a gritar, discutir y hacer aspavientos delante de nuestros hijos. “No me molesta tanto que pasen de forma discreta hachís como que se les vaya el negocio de las manos delante del resto de vecinos”.

Más allá del trapicheo con drogas y los chaperos en busca de sexo a cambio de dinero, el principal delito que se comete en el parque es el hurto. Pero la Policía Nacional, cuerpo que tramita las denuncias y diligencias, no ha facilitado datos de sus actuaciones.

Cuanto mejor es el tiempo, más visitantes. Y cuantos más visitantes, más robos. Aquellos que se quedan dormidos o las parejas son presa fácil de los descuideros. Y, también, de los mirones.

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Fuente: El Pais

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