Tener que coger un barco para ir a un chiringuito ya es un comienzo original para una jornada de verano, y eso es lo que hay que hacer para ir al de El Puntal, al otro lado de la bahía de Santander. Se coge el de los hermanos Tricio, que llevan a la gente allí desde 1950, y el saltito para subir a bordo, a la cubierta verde, ya convierte el día en algo especial. Para la mayoría lo normal es sentir que hacía mucho que no subía a un barco. Ida y vuelta, 4,20 euros. En la proa hay una caja enorme de gallofas, las barras de pan, con destino a tu destino. En el muelle, frente al viejo Banco de Santander, hay incrustados mejillones del siglo XIX, porque en esta ciudad todo es como de aquella época. Un señor se fija en la veleta: «Mira, ya está cambiando al este, no sé yo…». En el norte siempre mirando al cielo, con la obsesión del verano desastroso. Hoy, para variar, no se sabe cómo va a salir el día. Zarpa y a poco que uno sea sugestionable nota el espíritu de aventura, ideal para tomar cervezas.

De hecho, llegas a las once de la mañana y ya hay gente con cañas y platitos de quisquillas. El embarcadero es una bonita pasarela verde y roja que salva la playa y te deja a la puerta del chiringuito, qué más se puede pedir de esta vida. La familia Tricio construyó el puente con sus manos en 1972 y le puso el color de sus barcos. Abrieron el chiringuito en 1966 y al principio desembarcaban a la gente con unas tablas, pero alguno siempre se caía. “Yo a los nueve años ya estaba aquí, en el barco, y a los 16 en la barra”, recuerda Ricardo Tricio, el dueño, de 68 años. El chiringuito llegó a tener 450 metros cuadrados antes de la Ley de Costas de los noventa. Ahora tiene 150. Tricio se pasa el día aquí, va a las siete de la mañana a la lonja, llega a las nueve y se va a las once y media de la noche.

La mayoría de la gente que baja a tierra se desperdiga por la playa, un hermoso arenal desde el que se divisa la ciudad y se ven salir los barcos. Unos pocos paran ya en la barra. Se empieza a oír ya un diálogo que se repetirá cientos de veces. “¿Se puede reservar?”. “No, cuando abrimos el comedor se va pasando y luego hay número”. Hay una terraza rudimentaria en la arena, hecha de troncos, y los primeros clientes se sientan a leer el periódico. Es un placer de verano leer la prensa local, diarios gordos, con muchas páginas, y ver cómo andan en sus cosas. El Diario Montañés, el Alerta, crónicas de bolos y traineras, las esquelas, el horario de mareas. Hay un reportaje de Mazón, único diputado del partido cántabro, y el único que ha votado a favor de Sánchez fuera del PSOE, sobre cómo se adapta a la vida de Madrid. En una foto aparece comiendo un pincho de tortilla y en otra, caminando por la cuesta del Congreso: “El regionalista se ha aclimatado perfectamente a la vorágine de la capital”, dice un pie de foto. Con las conversaciones de la barra el oído se hace a los giros autóctonos: “El Magnum blanco no le hay”.

Hay tres yates de dimensiones modestas atracados enfrente y aparecen los primeros ejemplares de STV, Santanderinos de Toda la Vida (no se rían, aquí dicen así), con el cuello del polo subido. Son entrañables estas clases pudientes de las capitales señoriales del norte (San Sebastián, Bilbao, Oviedo, La Coruña…), con una sentida autocomplacencia de vivir en el mejor de los mundos posibles, y en algunos casos probablemente sea así. Polos blancos con escudos de cosas en el pecho, que tienen leones, anclas, coronas, aparentemente reconocibles. Clubes de remo, de golf, de tenis o quizá el supermercado de la esquina. Mucho perrito pequeño. Pendientes de perlitas. Mujeres rubias de ese color cántabro miel y barquillo, o si no de bote. Hombres maduros que no han asumido el fin de la juventud. Empiezan a llegar tipos con moto acuática y las dejan aparcadas en fila en la orilla, como si fuera la acera del bar de moda. Y en cierto modo, el domingo en El Puntal es así, un garito social estratégico, donde se ficha quién pasa, se saluda a conocidos. La media de edad es más bien alta. No hay ligoteo, pero sí observación.

Imagen de la playa del Puntal, en la bahía de Santander. VICTOR SAINZ

Un bar en cualquier paraje apartado es un síntoma de civilización y aquí se preocupan de que sea realmente así. Es totalmente sostenible y hay un cartel que dice que si llenas un vaso de plástico de colillas, que te proporcionan con un guante de plástico, te invitan a un refresco o un helado. Varios niños se ponen a ello con entusiasmo y algunos con un poco de morro, porque vacían también los ceniceros. A uno le ayuda su abuela y todo. Los barcos siguen llegando cada quince minutos, descargando cada vez más gente, un centenar por tanda, y a las once y pico llegan dos chicos de la Cruz Roja a montar su instalache. Ya ha llamado una chica porque le ha picado un pez escorpión. La barra ya se llena de nécoras y boles de percebes, pertrechada para el aperitivo.

A mediodía desembarcan muchas familias, totalmente equipadas y de muchos colores. Neveras, sombrillas. Dos padres dicen a sus mujeres que se adelanten, que ya se encargan ellos de comprar el agua, pero aprovechan para tomarse algo, en plan desahogo. Se atropellan uno a otro con sus relatos de agobio familiar y de dinero. Las peticiones de rabas se disparan (11 euros). También caracolillos (7 euros), y los niños se entretienen con el alfiler.

“¡Qué día que ha salido, qué gozada!” (esta es otra expresión muy del norte). Se ve una trainera que evoluciona con titubeos y resulta ser un grupo de 12 amigos y amigas, gente mayor que se ha montado una excursión. Señoras muy simpáticas, deportivas y habladoras. “Oye, que luego hay que volver, y yo ya estoy borracho con una cerveza”, advierte uno. El tráfico de barquitos, veleros, lanchas y motos de agua ya es como de hora punta. En la barra hay al menos siete camareros despachando a toda velocidad con notable eficacia. El bullicio es fenomenal. Al español le va el lío, se siente vivo. “¡Un calimocho en vaso grande de vino bueno y coca cola cero!”. Hay mucho vasco, algo que históricamente ha fastidiado a los cántabros, como que les invaden. Pasa con todas las capitales: alrededor de Madrid y Barcelona se odia a los madrileños y a los barceloneses.

Barco que transporta a los visitantes desde el muelle de Santander al Puntal.
Barco que transporta a los visitantes desde el muelle de Santander al Puntal. VICTOR SAINZ

Empiezan las comidas, se llena inmediatamente y a las dos ya te dan el número 37. Van avisando por megafonía: «¡Gelín, mesa doce!». Acaban sirviendo hasta las cinco. «“Damos comidas hasta que podemos. Los domingos son así, a reventar. Pero es puntual, en junio hay días que no das ni una», cuenta el dueño. Después de tanto restaurante urbano, se agradecen los menús con cosas que conoces y que solo ocupan una línea. Sirven unos bocartes de escándalo. “¿Pero cómo vas a pedir pollo al borde del mar?”, le riñen a una niña. En los grupos, aunque sean solo dos parejas, siempre acaban hablando los hombres por un lado y las mujeres por otro, es impepinable. Por costumbre, por afinidades o por algo de sutilmente inconveniente que tiene interesarse demasiado por la pareja del otro o la otra. Llega uno preguntando si han encontrado unas gafas, le sacan varias pero no es ninguna. El chiringuito es punto de referencia de objetos perdidos. «Una vez nos trajeron una pulsera de 50.000 euros y la dueña la recuperó», recuerda Tricio.

Pasa la tarde y nadie se anima a irse. Uno puede quedar varado aquí varios días, enganchando la comida con la cena, y que tengan que llamarle del trabajo, por no saber decir que no a otra cañita y a otra de rabas. Con el día claro se ven los Picos de Europa. Con los pies en la arena, tienes la mirada en la nieve. Qué bonito es Santander.




Fuente: El Pais

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