Hace 50 años que Neil Armstrong se convirtió en la primera persona en pisar la Luna, seguido de Buzz Aldrin. Apenas meses después de este logro de la NASA ya se publicaban las primeras sospechas que apuntaban a un montaje. Y en 1974, Bill Kaysing publicó el panfleto Nunca llegamos a la Luna, en el que ya se planteaban muchos de los argumentos conspiranoicos clásicos.

En su libro Bad Astronomy, el astrónomo Philip Plait resume la teoría: la NASA descubrió un error fatal en su cohete, así que lo lanzó sin tripulación mientras envió a los astronautas a un plató de Nevada para simular toda la misión espacial. Como apunta The Washington Post, se trata de una de las primeras teorías de la conspiración que tuvo éxito entre los ciudadanos estadounidenses.

A pesar de que esas sospechas se han rebatido incontables veces, sigue habiendo webs, libros y artículos dedicados a defender la conspiración. Y el asunto regresa de vez en cuando a los medios, como cuando el años pasado Iker Casillas publicó un tuit que cuestionaba la llegada a la Luna, provocando miles de reacciones, algunas sorprendentemente a favor.

¿En qué se basan para decir que no hemos llegado a la Luna?

Uno de los elementos más curiosos de la teoría es que se basa sobre todo en las fotografías publicadas por la propia NASA. Como escribe Plait, los conspiranoicos defienden que esta agencia ha publicado más de 14.000 fotos llenas de pruebas de su incompetencia. Las principales dudas de los conspiranoicos se centran en cinco puntos, que Plait rebate en su libro y que recordamos brevemente:

1. No hay estrellas en las fotos. Quienes defienden la conspiración afirman que, mientras la superficie lunar y los trajes de astronautas reflejan la luz con mucha intensidad y se ven con claridad, las estrellas no se aprecian al fondo. En realidad, el tiempo de exposición de las fotos fue demasiado corto como para recoger con claridad la débil luz de las estrellas. Si se sube la exposición en Photoshop de algunas de las fotos de la Luna sí pueden verse. Ocurre lo mismo si hacemos fotos nocturnas de un paisaje muy brillante en la Tierra, sin que nadie insinúe que todo nuestro planeta es, también, un montaje de la NASA.

2. Hay demasiada radiación en los cinturones de Van Allen como para que los astronautas sobrevivan al trayecto. Estas dos zonas que están a 1.000 y 15.000 kilómetros de la Tierra se atraviesan en apenas una hora de camino a la Luna y el metal de la aeronave bloquea la mayor parte de la radiación.

3. No se levantó polvo durante el alunizaje, que tampoco causó un cráter. Se trata de una capa de polvo de apenas milímetros en un ambiente sin aire. La velocidad del módulo lunar tampoco es la que se afirma, por lo que no levantó tanto polvo ni se creó ningún cráter.

4. La temperatura en la Luna puede llegar a los 120 grados y habría matado a los astronautas. No, si tenemos en cuenta que la misión se planificó para que los astronautas llegaran a la superficie lunar durante una hora a la que la temperatura no era, ni mucho menos, tan alta.

5. Las sombras deberían ser totalmente negras, ya que el sol es la única fuente de iluminación. Plait recuerda que hay otra fuente de luz: la propia Luna, cuya superficie es brillante y refleja la luz del Sol. Los trajes y el módulo lunar también reflejaban esta luz.

Sin embargo, no hay mayor motivo para poner en duda toda esta supuesta conspiración que pensar en la cantidad de gente implicada que habría tenido que guardar silencio. Más de 400.000 personas trabajaron en el proyecto a lo largo de diez años. Y se supone que nadie filtró pruebas ni confesó nada a la prensa.

Comparémoslo con la conspiración del Watergate: hubo 69 personas implicadas, 48 de las cuales acabaron en la cárcel. La trama arrancó en enero de 1972. En junio, “Garganta Profunda” ya se reunió con Bob Woodward y Carl Bernstein, del Washington Post. En 1974 Nixon dimitió. ¿Cómo es posible que nos hayan engañado con la llegada a la Luna durante 50 años y que una trama urdida por el círculo cercano al presidente de Estados Unidos se desmoronara en cuestión de meses?

La conspiración que nunca muere

De todas formas, rebatir estas sospechas punto por punto sirve de poco porque siempre hay nuevas dudas en el banquillo. La lógica conspiranoica no edifica un edificio argumental sólido: le basta con buscar grietas en lo que llaman “la versión oficial”. Lanzan cientos de espaguetis a medio hervir con la esperanza de que alguno se quede pegado a la pared.

Eugenio Fernández, físico y autor de La conspiración lunar, ¡vaya timo!, nos recordaba que las explicaciones que refutan las sospechas de los conspiranoicos “son más complejas y requieren tiempo”. Es normal que no sepamos si la radiación del espacio es o no peligrosa, o a qué velocidad iba el módulo lunar en el momento de tomar tierra.

A esto se une el sesgo de confirmación, del que todos somos víctimas en ocasiones. Este sesgo nos lleva a estar atentos solo a los datos que apoyan nuestras ideas preconcebidas (no llegamos a la Luna), mientras que se ignoran todos los argumentos que las niegan o los que sustentan otras ideas.

Creer en teorías de la conspiración también hace que nos sintamos bien: son historias que tienen coherencia interna y que nos ayudan a comprender las cosas inesperadas o que nos producen temor, motivo por el que también aparecen a menudo tras atentados terroristas. La creencia en estas teorías puede ayudar a superar el sentimiento de impotencia y de falta de control, como escriben los psiquiatras Jack y Sara Gorman en su libro Denying to the Grave.

Eso no quita que los supuestos argumentos de los negacionistas sean en realidad bastante chapuceros. Como apunta Plait en su libro, si estuviera tan claro que todo se trata de un montaje tan burdo que se ve incluso una bandera mecida por el viento, ¿por qué la Unión Soviética no lo denunció hace 49 años en plena Guerra Fría? Quizás porque, como dijo el cosmonauta ruso Georgy Grechko: “Cuando recibíamos señales de la Luna, las recibíamos de la Luna, no de Hollywood”.

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Fuente: El Pais

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