En el Liceo se trabajaba a las 10 de la mañana del lunes 31 de enero de 1994 como cualquier otro día. La tarde anterior se había representado «Matías el pintor», de Hindemith, y las funciones proseguirían el martes. Los empleados trabajaban en las oficinas y en las labores de mantenimiento del escenario. Un guía acompañaba a los niños de una escuela que visitaban el teatro. Dos técnicos realizaban una soldadura en el telón de acero que aislaba el escenario de la sala en caso de fuego tras desactivar el sistema. Unas chispas del soplete incendiaron cortinajes y rápidamente prendieron el telón de terciopelo sin que se pudiese hacer nada con los extintores que tenían a mano. El fuego ascendió al telar y al techo, que se derrumbó. Tras él, el patio de butacas. Afortunadamente no hubo víctimas. Afortunadamente se salvaron las pinturas del Círculo del Liceo. Las mangueras del teatro carecían de la presión suficiente y cuando, una hora después, llegaron los bomberos, ya era tarde. Todos recordamos la enorme llamarada sobre los edificios de las Ramblas. A las tres horas apenas quedaba nada del legendario teatro. Ciento cincuenta años de historia que se transformaban en cenizas de terciopelos y maderas esparcidas por toda la ciudad, llevando consigo los ecos de las grandes voces que cantaron en el Liceo. Montserrat Caballé acudió pronta para movilizar a la ciudadanía cantando «El cant dels ocells» acompañada por un chelo. El Liceo pertenecía a una sociedad de propietarios que ya no podía mantener el teatro y que había pedido ayuda a las administraciones públicas. El ayuntamiento de Maragall, la Generalitat de Pujol y el Gobierno de González crearon un consorcio para llevar la gestión diaria pero no se pusieron de acuerdo para abordar las imprescindibles mejoras. De hecho las diferencias al respecto fueron enormes y públicas. El resultado… Pero, como había sucedido con los Juegos Olímpicos, Barcelona, Cataluña y España se volcaron en la reconstrucción del teatro. Sus responsables y los de las administraciones se reunieron para reconstruir el teatro aquel mismo día del canto de Caballé. Y llegó a existir una especie de pacto de silencio sobre las causas reales de lo sucedido para que no peligrara la reconstrucción. Se vencieron las protestas de los vecinos que fueron expropiados para incrementar las instalaciones, de los 9.000 millones del presupuesto inicial se pasó a los 22.000, de los que 2.300 fueron aportados por mecenas y patrocinadores y se añadió un crédito de 3.000 suscrito con bancos liderados por La Caixa. Un enorme mural a la entrada del edificio enumera quienes, de toda España, aportaron esos 2.300 millones. Veinticinco años después da pena ver no solo los muchos problemas actuales del Liceo sino, sobre todo, en lo que ha quedado la solidaridad de toda España con el emblemático teatro de Barcelona. Como entonces, los políticos también han incendiado la solidaridad entre unos y otros.




Fuente: La razon

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